CONTRARRESTANDO EMPUJES
Es sabido que el arte gótico introdujo numerosas novedades en la historia de la arquitectura. Una de las más importantes, tanto desde el punto de vista funcional como del simbólico, fue sin duda el afán por incrementar la altura de los edificios, sobre todo de los de carácter religioso, tratando de acercarse a ese cielo en el que se encontraba el mismo Dios; buscando esa luz que venía a identificarse con la propia divinidad. Esta idea de elevación se acompaña de otra novedad: el aligeramiento del espesor del muro, que entonces se concibe no tanto como soporte de cubiertas sino como mero cerramiento del propio edificio, lo que explica que muchas veces la pared pueda sustituirse en gran parte por vidrieras, dejando así pasar al interior esa luz tamizada que en esa época resultaba tan atrayente.
Arbotantes de la abadía de Westminster. Londres (siglo XIII).

Sin embargo, es evidente que un muro de reducido espesor y de considerable altura supone grandes riesgos, por su tendencia a la inestabilidad e, incluso, al derrumbamiento. El arquitecto gótico se verá por tanto en la necesidad de emplear soluciones constructivas que eliminen tales riesgos, sin que ello suponga reducir significativamente la cantidad de luz que debe inundar el interior del templo. En esa necesidad se encuentra, precisamente, el origen del empleo del arbotante. Si acudimos al diccionario de la lengua encontraremos la siguiente definición de dicho término: "arco por tranquil que se apoya en su extremo inferior en un botarel y por el superior contrarresta el empuje de un arco o bóveda". Aclaremos también que se denomina arco por tranquil a aquel cuyos dos arranques se encuentran a distinta altura uno del otro y que un botarel no es sino un contrafuerte.

En consecuencia, para que podamos entender la funcionalidad primera del arbotante hemos de situarnos, por ejemplo, en el nivel superior de una catedral gótica. En ella se empleará como sistema de cubiertas, habitualmente, un determinado número de bóvedas de crucería, fueren del tipo que fueren. La bóveda, en sí misma, ejercerá unas presiones laterales sobre el muro que la sostiene. Aquí radica la utilidad del arbotante: recibir esa presión lateral de la bóveda y conducirla (a través de su propia estructura) hasta un contrafuerte exterior, por lo habitual adosado (si hablamos de las bóvedas de la nave central y más alta del templo) a los muros que cierran las naves laterales.
Izquierda, superior derecha e inferior derecha: esquemas de la función y situación de los arbotantes en un templo gótico. Inferior izquierda: arbotantes de la catedral de Chartres, Francia (comienzos del siglo XIII).


Izquierda, superior derecha e inferior derecha: esquemas de la función y situación de los arbotantes en un templo gótico. Inferior izquierda: arbotantes de la catedral de Chartres, Francia (comienzos del siglo XIII).

Este recurso constructivo es, precisamente, el que proporciona a muchas catedrales góticas esa imagen tan peculiar y característica: las series de arbotantes que cruzan el aire por encima de las naves laterales, con una levedad que los asemeja a una especie de esqueleto pétreo que no impide colocar amplios ventanales en las partes más altas del muro de la nave central. Para completar la descripción del conjunto, habremos de tener en cuenta que el contrafuerte externo suele coronarse con un pináculo, que contribuye a dar mayor idea de verticalidad.
Pero no acaba aquí la funcionalidad del arbotante. Los arquitectos góticos lo emplearon también como un óptimo sistema para encauzar las aguas pluviales de la cubierta superior, mediante canalizaciones dispuestas en su interior, las cuales solían rematarse con una gárgola desde la que el agua acababa vertiendo al suelo. Frecuentemente estas gárgolas representarán figuras, ya sean reales o imaginarias, pero siempre poseerán un perfil alargado que aleje el chorro de agua de la pared del templo evitando, en lo posible, las humedades.
En todo caso, los arbotantes, como elementos de descarga de empujes no fueron inventados en el gótico y existen algunas muestras de su uso en la arquitectura bizantina y en la románica, aunque en ambos casos quedaban embutidos entre los elementos de la cubierta del edificio. Sin embargo, fueron los arquitectos góticos franceses, desde mediados del siglo XII (los constructores de grandes catedrales como las de París o Reims), quienes resolvieron dejarlos a la vista, porque así se cumplía su máxima ambición: que la luz pasase al interior. La luz, siempre la luz.
Arbotantes de la catedral nueva de Salamanca. Siglo XVI.
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